CUENTO DE PRINCESAS Y PRÍNCIPES.

 

 ARBOL

 

Erase una vez, como tantas veces, que en un lugar cercano vivían unos reyes con sus hij@s:

 

 

 

La hija mayor era la hija perfecta, lo hacía todo perfecto, era una hija ejemplar según sus padres, tranquila, muy buena en los estudios, obediente y hacia lo que le decían. Sus padres rellenaban sus vacíos sintiéndose muy especiales con los logros de su hija y no les suponía ningún desafío ni reto personal, esta hija se adaptaba perfectamente. No ofrecía ningún reto a sus padres, y además, era admirado por profesores/as y familiares.

El segundo hijo pasaba desapercibido, era imposible llegar al listón tan alto de su hermana, era el invisible. No creía que podía hacer tan felices a sus padres ni que pudieran sentirse tan orgullosos de él. Se sentía mal, se culpable del enfado que sentía, del malestar, de sentirse no entendido, un caos en su cabeza. Así que se sintió sin opciones, los dioses al repartir dones se habían olvidado de él, eso creía. Se mostraba pasota, parecía que nada le afectaba, su actitud era de aparente indiferencia. Podía ir a lo suyo que nadie le decía nada, y sentía tanta pena, tanta tristeza. 

La tercera hermana, la pequeña, se creía y sentía muy torpe, nunca se encontraba bien, cuando no le dolía una cosa le dolía otra, no se concentraba en los estudios, sus padres con gestos y miradas no le daban el beneplácito. Ella era la rara. Los padres al mirar esta hija se preguntaban qué había ido mal, qué hicimos mal. Esta hija se quejaba más, con malestar físico, daba problemas en el colegio, en casa, cuando iba mejor en el cole no mejoraban las cosas en casa. Sus padres ponian la atención en ella, esta hija SÍ tenia un problema, tenían que hacer algo.

“¡Qué mala suerte!, ¡Esta hija nos ha dado problemas desde pequeña!” – se quejaban los padres. Los padres se olvidaban de que los hijos llevan el copy right de sus padres el sello de su familia, que son ellos los que moldean el cerebro de sus hijos a través de lo que no dicen, de lo que sí dicen, de las miradas, de lo que se oculta, de los deseos, de lo no resuelto, de lo que se evita, de las fantasías, de los sueños rotos, de la frustración y del ejemplo que se da. Y que la comunicación es fundamental.

Estando en el jardín, sintiéndose muy triste y apenada la princesa rara fantaseaba con la idea de irse, de morir, creyendo que a todos les iría mejor si desapareciera, mamá dejaría de criticarla tanto, de sufrir por ella, de incluso llorar por no saber que hacer con ella, de ignorarla, de ignorar su dolor,  y ella dejaría de ser una molestia para su padre que decía que sólo quería llamar la atención, que lo suyo son cosas de la edad, que ya se le pasará,…..

Ella era tan rara, nadie la entendía, y creía que habia algo que estaba mal en ella.

Apareció el jardinero, un hombre sencillo que no pertenecía a su mundo. El jardinero adivinó en los ojos de la joven princesa el dolor y la pena que la inundaban, tenía la escuela que da la vida al que quiere aprender, al que elige aprender a tener la razón y conocía a una anciana que le había ayudado a él también cuando sus ojos tuvieron esa mirada.

El jardinero sabía que sólo podía darle un poco de consuelo, ser su amigo, sin embargo no podía ofrecerle la ayuda que la joven necesitaba. Así que le habló de una anciana, una anciana que vivía a las afueras del reino, en un bosque muy accesible.

La joven sabía que no podía ir sola así que le dijo a su madre que se sentía muy mal y que la llevara. Los padres estuvieron de acuerdo, esta hija rara definitivamente necesitaba ayuda. Aceptaron llevarla a la anciana, a ver si la anciana la arreglaba y les devolvía una hija normal, como sus hermanos.

Cuando llegó a la cabaña de la anciana entró sola. Se sentó y miro a la anciana. Le impresionó la intensidad de esa mirada, con interés y sin intención. Le ayudó a ir expresando lo que llevaba callado dentro. Caló profundo en la joven, no tenia palabras para tanto como sentía y había guardado, y las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas ante la atenta mirada de la anciana. Se sentía protegida, cuidada, con permiso para soltar, para expresar, sin juicio.

Lloró y lloró. Se sentía tan sola, tan alejada de todo y de todos, de sus padres, de sus hermanas, compañeros de instituto, etc. creía que no había nadie que se sintiera igual, nadie que pudiera entenderla, nadie que pudiera llegar al tremendo vacío en su interior.

Y siguió llorando. Se iba desprendiendo de esa piel que la cubría y notaba, veía la otra piel que había debajo. ¡La suya! ¡Propia, única!!! Qué descubrimiento, sintió que era muy valiosa como le había dicho la anciana. Era realmente valiente y estaba llena de coraje. Ella estaba abriendo la puerta a la ayuda que necesitaba toda su familia. Y llevó a sus hermanos. Con decorados diferentes, las historias eran similares. Los tres lloraron, cada uno su historia, pudieron reparar heridas y aprender.

Hablaron con sus padres, los reyes, y lloraron juntos, cuántos malos entendidos por amor, un amor ciego que no veía al otro, al que amamos, para el que sólo queremos lo mejor desde el fondo de nuestro corazón. Y las historias de los padres volcadas en los hijos, esas historias con comportamientos no sanos. Y ahora, por fin, tenian una oportunidad de mirarse de verdad, de verse, de reencontrarse, de compartir, de comunicarse, de escuchar y ser escuchado, de entender y ser entendido.